En la iconografía universal el águila y la serpiente aparecen siempre en lucha. Ciertos autores justifican esta conjunción simbólica asegurando que ambos animales son complementarios, más que opuestos, ya que uno representa al principio celeste (del Cielo), y el otro al principio ctónico o telúricos (de la Tierra). No en vano en varias culturas nativas se le ha contrapuesto a otro emblema terrenal, el jaguar. Y es que, como afirma Fulcanelli (uno de los más renombrados autores de libros de alquimia), águila significa brillo, pureza, claridad, viva luz y antorcha.
Así,
‘hacer volar el águila’ es – según la expresión hermética–
encender la luz, liberándola de su envoltorio oscuro y llevándola a la
superficie. Por eso es que en el esoterismo siempre se la ha considerado un
símbolo de trascendencia.
Generalmente asociada con el Sol, y a veces también al rayo y al trueno, los rasgos que más la distinguen son su fuerza y resistencia, y la altura y audacia de su vuelo. Como «reina de las aves» alude a la realeza y a la divinidad desde épocas muy remotas.
Ya en la Antigüedad grecorromana siempre aparecía acompañando las imágenes de Zeus (Júpiter), el padre de los dioses. De allí su utilización en heráldica (escudos y blasones) y numismática (billetes y monedas).
Pero para los romanos también era el alma del soberano que emprendía el vuelo, o le servía de soporte espiritual conforme su cadáver se iba quemando en la pira.
En la Biblia encontramos el águila como imagen del poder divino que todo lo abarca, o del vigor de la fe. El Physiologus (milenario manuscrito redactado en griego por autor desconocido) le atribuye las misma cualidades legendarias del Ave Fénix – mítico animal, capaz de renacer de sus propias cenizas – y de allí su significado medieval como símbolo de renacimiento y bautismo, y su ocasional presencia en la ornamentación de las pilas bautismales.
Tomado del facebook de: Francisco Asdrúbal Concha
