martes, 21 de abril de 2026

La Masonería en México

Benito Juárez

 La masonería llegó al México colonial en la segunda mitad del siglo XVIII de la mano de emigrantes franceses asentados en la capital, quienes serán acusados y condenados por la Inquisición local. De igual modo, aún sin sustento documental, es muy probable que existiesen logias itinerantes en el seno del ejército realista español destacado en la Nueva España. A su vez, es muy posible que, en el movimiento criollo primero autonomista y posteriormente independentista, existieran masones, vinculados a la Orden a través de las ideas ilustradas de finales del siglo XVIII.

Sin embargo, historiadores masones y no masones de la talla de León Zeldis Mandel y José Antonio Ferrer Benimeli, han apuntado reiteradamente que la masonería latinoamericana ha construido su propia mitología, alejándose de la cientificidad que tal empresa requiere. La confusión entre sociedades patrióticas latinoamericanas y logias masónicas es tentadora, ya que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, la estructura operativa de ambas es muy parecida, tal como lo apunta la historiadora Virginia Guedea.

La primera mitad del siglo XIX

A partir de la independencia en el año de 1821, buena parte de los gobernantes de México, hasta 1982, presumiblemente pertenecieron a la masonería. Apenas se produjo la independencia política, las pocas logias existentes salieron a la luz, multiplicándose rápidamente. Con la llegada oficial del agente y ministro plenipotenciario estadounidense Joel R. Poinsett entre 1822 y 1823, la naciente masonería mexicana se divide en dos corrientes políticas nunca definidas del todo. Poinsett promueve la creación de logias del Rito York, proclives a los intereses estadounidenses.

Frente a la materialización de la doctrina intervencionista del Destino manifiesto estadounidense, se oponen los masones más cercanos al liberalismo español de Rafael del Riego y de la Revolución de 1820, reunidos en la denominada incipiente Logia Escocesa del entonces joven Rito Escocés Antiguo y Aceptado, encabezada en México por el médico barcelonés del último Capitán General, Manuel Codorniu Ferreras, a través de su periódico El Sol. Codorniu fundaría la Compañía lancasteriana en México, al tiempo que se opondría abiertamente a la monarquía de Iturbide, defendiendo el proyecto republicano y la exclusión de la Iglesia católica de la educación y de todas las esferas de la sociedad civil.

Así, alrededor de las logias yorkinas se reunirán los masones cercanos al liberalismo estadounidense, al tiempo que quienes permanecerán cercanos al liberalismo español, formarán las denominadas logias escocesas. Al poco tiempo, los masones que no veían con total simpatía ninguna de las alternativas existentes, optaron por una tercera vía consistente en la fundación, en el año de 1825, de un rito de corte nacionalista que fue el Rito Nacional Mexicano, cuyos integrantes pretendían la creación de un modelo político y de gobierno propio de México.

Cabe advertir que esta definición político-ritualista ha sido muy poco estudiada. Las últimas investigaciones apuntan a una etiqueta político-masónica ambigua, dado que la existencia formal de partidos políticos, así como la propia consolidación de las instituciones masónicas, no se materializarían en México si no hasta avanzado el siglo XIX. De este modo, llevar a cabo la relación entre logias yorkinas y liberales, así como entre logias escocesas y conservadores, es hoy un despropósito y simplificación histórica desmentido por los estudios masónicos mexicanos de las últimas dos décadas.

El Segundo Imperio Mexicano

Al llegar al país el emperador Maximiliano I de México en 1864, una comisión del Grado 33°, y miembros del Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado se entrevistaron con él, a fin de ofrecerle los títulos de Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo y Gran Maestro de la Orden. El monarca acogió benévolamente la comisión, pero declinó los cargos, no obstante lo cual consintió en que se le proclamara Gran Patrono o Protector de la Orden, títulos que de ninguna manera implicaban pertenencia a la masonería. En cambio, nombró a dos caballeros de su corte, poseedores de toda su confianza, para que le representaran en los Altos Cuerpos. Estos caballeros fueron iniciados y elevados al Grado 33° con extrema rapidez por el Supremo Consejo.

Durante la ocupación militar francesa que sostuvo a Maximiliano I en el trono, arribaron a México diversas logias militares francesas dependientes del Gran Oriente de Francia, mismas que se disolvieron al tornar las tropas a su patria. Es muy probable que estas logias itinerantes trabajasen en el Rito Francés, pero dada su condición de tropas invasoras finalmente derrotadas, no dejaron huella ritualista alguna. En el museo masónico del Gran Oriente de Francia se conserva el estandarte de una de estas logias. El Emperador Maximiliano y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía fueron juzgados por el delito de Traición a la Patria y condenados a morir fusilados, sentencia que se cumplió el 19 de junio de 1867 sin que mediara orden en contra por parte del presidente Benito Juárez, a pesar de las múltiples peticiones de clemencia emitidas por diversas personalidades políticas, intelectuales y artísticas, tanto de Europa como de América.

La pertenencia a la masonería de Maximiliano I nunca ha sido probada, aunque a partir de la hipótesis de su pertenencia a la orden se desarrolla la curiosa leyenda de Justo Armas. Por el contrario, a pesar del talante profundamente liberal de los gobiernos de Maximiliano, tanto como virrey en el reino Lombardo-Véneto como en su papel de emperador en México, los miembros de la familia Habsburgo en la línea sucesoria de la corona austriaca no podían ser masones de ninguna manera. Esto era así ya que la utilización del distintivo de "emperador" de la corona austriaca requería la expresa aprobación del Papa romano. Maximiliano sólo renunció a la línea sucesoria austriaca en el momento de aceptar la corona de México. Este hecho, de capital importancia política, no niega que los emperadores austriacos de reconocida tradición liberal fuesen protectores discretos de la masonería, sin ser ellos mismos masones. Otro dato importante contradice su pertenencia a la Orden; cuando estuvo preso en la ciudad de Querétaro pendiente del juicio sumario, fue visitado por el general republicano de origen alemán, Carlos von Gagern, quien en repetidas ocasiones se identificó como masón según los usos y costumbres de la Orden. Von Gagern afirma que, a pesar de ello, en ningún momento Maximiliano le dio indicios de pertenecer a la masonería

La Gran Dieta Simbólica

El único momento en que la masonería mexicana estuvo bajo una sola institución fue entre 1890 y 1901, cuando el presidente de la República, Porfirio Díaz, logró unificar las distintas obediencias, en muchos casos por la fuerza. En 1878, el Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado de México había desconocido a la Gran Logia Valle de México, ya que su flamante Gran Maestro era el poeta y político liberal Ignacio Manuel Altamirano, con quien Díaz tenía serias diferencias. Altamirano formó entonces el Supremo Gran Oriente de los Estados Unidos Mexicanos, separando los tres primeros grados simbólicos de los 30 grados siguientes.

Obligado por la regularidad dictada por la Gran Logia Unida de Inglaterra, para 1883 el Supremo Consejo de México había reconocido ya entre sus propias filas la separación de los grados simbólicos de los filosóficos, creando la Gran Logia del Distrito Federal para los grados simbólicos, y encabezada por el propio Porfirio Díaz. De cualquier manera, con ello se preparaba el terreno para una futura fusión. Tras regresar Altamirano de la misión diplomática en Madrid en 1889, Díaz ve la necesidad de unificar y reconciliar el pensamiento liberal. Por indicaciones de Porfirio Díaz, se acuerda la fusión de los dos cuerpos más autorizados e importantes de la República Mexicana. Así, en 1890, es convocado por primera vez el que será el organismo que administre tanto los grados simbólicos como los superiores o filosóficos de todos los ritos, la Gran Dieta Simbólica, siendo proclamados Gran Maestro y Gran Secretario respectivamente, el mismo Porfirio Díaz y Ermilo G. Cantón. De este modo, el jefe de Estado lograba por primera y única vez la unificación absoluta de la masonería mexicana bajo su mando.

Dada la variedad ritualista y política de la masonería mexicana de aquellos años, en los hechos, la administración única para toda la masonería mexicana sólo puede mantenerse por medio de la coacción del Estado. De este modo, para 1901 la Gran Dieta Simbólica se autodisuelve.

Muchas logias, cuerpos y obediencias se crearon a lo largo del siglo XIX. De igual modo, se introdujeron diversos ritos en la República Mexicana, como el del Temple, el de San Juan y el Reformado. No todos han sobrevivido hasta el día de hoy. Actualmente es abrumadoramente mayoritario el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, pero son también numerosos el Rito York y el Rito Nacional Mexicano. A principios del siglo XXI, han encontrado cobijo otros ritos más comunes en otras latitudes.

Como un grupo paramasónico, originalmente destinado exclusivamente a los miembros del grado 33º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (hoy acepta masones con el 3º grado de este rito, así como del Rito York) hallamos la La Antigua Orden Árabe de los Nobles del Relicario Místico, comúnmente conocida como Shriners y abreviada en inglés como A.A.O.N.M.S. Se estableció en 1870 como un cuerpo dependiente de la francmasonería. La organización es mejor conocida por sus Hospitales Shriners para niños que administra y por el fez rojo que sus miembros usan. La historia comienza en 1907, cuando un grupo de Shriners establecidos en la Ciudad de México recibió la carta patente de la AAOMS para trabajar en el territorio de la República Mexicana. El primer Shriner mexicano registrado fue José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, ya para entonces presidente de México.

FUENTE